Establece pasos explícitos: redacción del prompt con contexto mínimo necesario, ejecución en entorno aislado, análisis estático inicial, pruebas unitarias sugeridas por la propia IA, revisión humana obligatoria y aprobación condicionada al riesgo. Documenta cada transición y registra evidencias verificables para auditoría posterior sin fricción.
Codifica decisiones en políticas verificables: reglas OPA/Rego para infraestructura y configuración, protecciones de rama, hooks de commit que detecten secretos y licencias incompatibles, y puertas de calidad que impidan fusionar cambios inseguros. Cuanto más cerca del pipeline, menos discusiones subjetivas y menos regresiones silenciosas.
Especifica invariantes y deja que herramientas generen casos amplios para buscar contraejemplos. Esto captura errores que la revisión visual pasa por alto, especialmente en límites numéricos y estados intermedios. Vincula resultados al commit y al prompt usado, creando aprendizaje institucional directamente accionable en futuras iteraciones.
Complementa SAST con consultas CodeQL y detectores de patrones inseguros comunes en código asistido: validaciones omitidas, manejo deficiente de errores, inyecciones de comandos. Integra umbrales de severidad, supresiones razonadas y métricas de tendencia. Transparencia y contexto reducen fricción con equipos y aumentan adopción real.
Cuando la IA propone Terraform, Kubernetes o políticas cloud, aplica linters específicos, pruebas de conformidad y escaneo de privilegios excesivos. Rechaza recursos peligrosos por defecto y exige etiquetas estandarizadas. Esta disciplina evita configuraciones sobre‑permisivas y facilita auditorías futuras con evidencias generadas automáticamente.
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